Sin árbol, descalza y a tientas

Apenas quedan un par de días para que termine el año y todavía no os he enseñado mi árbol de navidad. Tampoco he preparado una lista de esas en las que enumeramos las mejores o peores cosas que nos han pasado durante el año, de modo que os hablaré de otra cosa, de cualquier otra cosa. Del insomnio, por ejemplo.


Cuenta Emmanuel Carrère que Charles de Foucauld, cuando se despertaba de noche, fuese la hora que fuese, tenía por principio levantarse y considerar que la jornada había empezado: una forma radical de tratar el insomnio.


Soy consciente de la idea romantica que supone el binomio escritura/insomnio, no en vano, Balzac, Sylvia Plath o Margaret Mead escribían en sus horas insomnes.
Pero sin duda el rey de tal leyenda es Kafka.
No son pocos los que aseguran que su genialidad proviene precisamente del grave problema para conciliar el sueño que el escritor padecía. Incluso cuentan que «La metamorfosis» se puede leer hoy como una metáfora de los efectos nocivos del insomnio en el cuerpo del escritor.


«Mi insomnio solo oculta un gran temor a la muerte. Tal vez temo que mi alma, que cuando duermo me abandona, no pueda regresar al despertar», escribió Kafka en sus diarios.
Y a pesar de que aseguran que su genialidad proviene precisamente por haber escrito en ese estado mental de enajenación y semiinconciencia que conlleva el insomnio, yo creo que hubiese sido igual de genial si hubiese podido dormir por la noche y escribir por la mañana. Hubiese estado un poco menos atormentado, eso sí. Y, por desgracia, el tormento sí resulta ser una gran fuente de creación literaria.


En fin, si una de estas noches cae sobre mí la oscura sombra del insomnio, quizá sí, haga balance del año caduco y os cuente que lo viví en paz, que comencé una amistad de esas que alivian las heridas y que mis personas favoritas estuvieron casi siempre a salvo, os contaré que el amor siguió desparramandose por todos los rincones de mi cuerpo y que hubo llantos, desilusiones y rotos de los que dejan cicatriz.
Si me desvelo y, como a Kafka, el tormento me resulta insoportable, entonces sí, incluso os cuente que como único propósito de año nuevo tengo olvidar que durante años tuve propósitos que no me indicaron nunca el camino a seguir y que, esta vez, prefiero caminar descalza y a tientas.

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