Jaulas de hormigón

Los libros de relatos me los tomo siempre con calma. No es para menos, pienso que son lo más exquisito que la literatura puede ofrecernos. Acabo de terminar de leer Jaulas de Hormigón, de Mayte Blasco (Niña Loba editorial) y he podido perderme en cada uno de sus diez relatos con la delicadeza que merecen.

En cada una de esas historias te encierras en una habitación, echas la llave, y te quedas ahí, inamovible, seguramente para siempre. Porque el relato no termina jamás con la última palabra, sino que perdura en tu consciencia durante horas e incluso días.

Blasco habla sobre las menudencias de la vida: los pasos de alguien en el pasillo, el olor a sábanas húmedas o a sopa rancia, la silueta de alguien que pasea por la calle cuando nos asomamos a la ventana. Y lo hace con una prosa sencilla que provoca que ni nos percatemos de que la llave, en efecto, se ha echado y ya no podremos escapar.

Una mujer vigila los movimientos de su hijo adolescente. Un hombre enfermo fantasea con la muerte.  Una anciana espera a un hijo que nunca llega. Personajes que viven encerrados en sus casas y que han conformado mundos propios e inaccesibles para el resto de seres con los que conviven. Mundos necesarios para escapar de ese encierro que la vida o ellos mismos se han impuesto.

Como dice Darío Méndez, el editor de la obra, «Jaulas de hormigón no nos hará salir a la calle, sino que nos invitará al interior de la casa, donde yace lo privado.»

Y eso consigue Mayte, adentrarnos en las entrañas de lo cotidiano, remover los armarios, olisquear las ropas, contemplar la verdad del ser humano cuando nadie lo observa.

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