De lágrimas, lavadoras y poesía.

¿Conocéis a la poeta Heather Christle? Es una escritora-maravilla que hizo un ensayo increíble sobre las lágrimas. No os diré que es un libro imprescindible, porque cosas realmente imprescindibles hay muy pocas en realidad (el agua y las lágrimas son algunas de ellas), pero si lo lees, algo se quedará contigo para siempre.


«La mayor parte del llanto es nocturno. La gente llora de cansancio, pero qué horrible es oir decir a alguien: sólo está cansada. Cansada, sí; pero ¿sólo? No hay nada de «sólo» en eso.»

H. Christle, «El libro de las lágrimas» (Ed. Tránsito).


Todavía no existe una explicación científica, por lo menos no una clara y unánime, a la razón por la cual lloramos cuando sentimos tristeza, dolor o alegría desmesurada.
Sí que saben (las que saben de estas cosas), en cambio, que las lágrimas y la capacidad para el llanto disminuyen con la edad. También saben que el llanto de una mujer dura de media seis minutos y que el de un hombre dos. Saben que hay tres tipos de lágrimas en función de si son para lubricar, proteger o liberar estrés. No tengo claro que estas certezas científicas sirvan de gran cosa, pero no deja de resultarme enternecedor que alguien dedique sus días a investigar cosas así.


Luego está la frase de Susanna Tamaro:

«Las lágrimas que no brotan se depositan sobre el corazón, con el tiempo lo cubren de costras y lo paralizan como la cal que se deposita y paraliza los engranajes de la lavadora.»


Querida persona que escribiste «Aquí he llorado», salvaste los engranajes

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