Ser Amèlie Nothomb o Willy Wonka.

«El error es como el alcohol: uno enseguida se da cuenta de que ha ido demasiado lejos, pero en lugar de tener la sensatez de detenerse para limitar las secuelas, una especie de rabia cuyo origen es ajeno a la ebriedad, le obliga a continuar. Ese furor, por raro que pueda parecer, podría llamarse orgullo: orgullo de clamar que, pese a todo, hacíamos bien en beber y teníamos razón al equivocarnos. Persistir en el error o en el alcohol adquiere entonces, categoría de argumento, de desafío a la lógica.»

Yo quisiera ser Amèlie Nothomb. Escribir con esa contundencia. Que me crean loca y genial al mismo tiempo. Yo quisiera haber escrito ese párrafo. Huir de las redes sociales. Responder mis cartas a mano. Que mis personajes se traten de usted. Quisiera haber escrito «Las Catilinarias», su primer y mejor libro. Pero no pertenzco a la nobleza belga, no nací en Kobe y, desde luego, no sé llevar sombrero como ella lo hace.

Quizá sea un error, pero como dice la autora, a veces, persistir en el error es desafiar a la lógica. Así que pienso que es maravilloso fantasear con ser otra persona (creo que eso también forma parte de lo que en realidad somos). A lo largo de mi vida he querido ser muchas cosas: Dino, la mascota de los Picapiedra, el hada madrina de Cenicienta, Mel B., de las Spice Girls y Howie de los Back Street Boys, he querido ser la sirenita, Messi, Anne Wintour, Willy Wonka, Shakira, el enanito sabio, Marion Jones, Platón, Marie Curie, y Baltasar, el rey mago.

Dice Nothomb: ¿acaso no destruimos por la noche el personaje que nos creamos durante el día y viceversa?

Pues eso, buenas noches.

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