Cadaqués y el mejor de los futuros

Cadaqués, últimos minutos de una tarde de finales de agosto. Cuatro chicas jóvenes, muy jóvenes (no deben alcanzar todavía la mayoría de edad) se sientan cerca de mí. Una en el medio, las otras tres la rodean.
La del centro coge un libro y comienza a leer en voz alta. Dos se tumban y cierran los ojos, la tercera permanece atenta al movimiento de los labios de la narradora.

Yo también la escucho, trato de concentrarme, de adivinar qué lee. Identifico un pasaje de “Gema”, de Milena Busquets. Pienso que, en unos días, cuando regrese a casa abriré yo también el libro y buscaré ese párrafo, y las recordaré a ellas y a este mar bendito.

Pienso también en lo tierno de la escena, en las ganas que dan de fotografiarlas, de dibujarlas. Me gustaría decirles que me ha gustado encontrarmelas, decirles que sigan leyendo, que no se olviden nunca de esa tarde, que la recuerden de aquí a veinte años, que se recuerden unas a otras (pero todo el mundo sabe que nunca, jamás, bajo ningún concepto, debemos interrumpir a alguien que lee), de modo que, en silencio, las observo unos minutos más.

Mi hija sale del agua, me dice que ha visto una estrella de mar, me lo dice en voz baja, no quiere que nadie sepa que la estrella sigue ahí, cerca de la orilla junto a las rocas, teme que alguien trate de cogerla, de fotografiarse junto a ella, teme que alguien la dañe. Le guardo el secreto.

Detrás de mí una familia trocea con las manos media sandía, el niño pequeño, de unos tres años, me descubre observándolos, se acerca a mí, tropieza dos veces, se levanta airoso y extiende el brazo. Me da un trozo de su fruta.

Y pienso hoy, más que nunca, que si el futuro son ellas y son él, entonces, me parece un buen lugar al que ir a parar.

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