Carácter

El día de la fotografía competía por la calle ocho, la más cercana a la grada, y no recuerdo el resultado de aquella carrera, ni si hice un buen tiempo o me clasifiqué para algún campeonato.
Recuerdo, eso sí, las horas de entreno (entre tres y cuatro al día) cuando salía del instituto o, más tarde, de la universidad. Recuerdo los ánimos de las rivales, los abrazos y las felicitaciones cuando alguna hacía una buena marca.
Recuerdo a mi entrenador, sacrificando sus fines de semanas para acompañarme y sonriendo siempre, fuese cual fuese el resultado. Recuerdo a mis padres aplaudiendo con ganas desde la grada, cayesen rayos o fuego del cielo. Recuerdo también soñar con estadios olímpicos y medallas doradas y saber ya entonces que eran solo eso, sueños.
Recuerdo que fueron buenos tiempos, que conocí las pistas de atletismo de toda la geografía española. Recuerdo aquel dolor placentero de un entreno bien hecho y las ganas que tenían siempre mis piernas de ir más rápido. Recuerdo las lágrimas de la derrota y la mano de mi eterno compañero, siempre ayudándome a ponerme en pie de nuevo. Recuerdo las veces que tuve que empezar de nuevo y cuándo colgué las zapatillas por última vez.

Dijo el periodista Heywood Broun que el deporte no construye el carácter, lo revela. Y, en efecto, aunque todo aquello hoy quede demasiado lejos, sigo siendo aquello que se reveló en mí en cada carrera, en cada entreno, en cada derrota y en cada triunfo, aquello en lo que me convertí en cada zancada.

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