Un verano con chanclas verdes

«Los veranos tienen sus propias cuestiones vitales que en invierno olvidamos a veces para sumimos en asuntos mucho más triviales y absurdos.

En verano queremos saber si mañana hará viento y podremos salir en barca. Si hará sol. Si hay vino blanco y cervezas en la nevera. Si ya son las doce y podemos empezar a beber.»

Lo dice Milena Busquets y es maravillosa (la cita y Milena).

El verano, además, está para poder olvidarse de si son o no las doce, o la una o las cinco. De si merendamos antes de comer y de comerse el postre como primer plato. El verano está para olvidarse de llegar a la hora y de despertarse (o irse a dormir) cuando nunca lo harías si no fuese porque “es verano”. Porque el verano es excusa y es motivo suficiente para casi cualquier cosa.

El verano está para calzarse unas chanclas de purpurina verdes que jamás te pondrías (pero es verano y son las únicas que quedan de tu número en esa zapatería). El verano está también para quedarse dormida en el suelo sobre una toalla de tucanes azules que compraste en Grecia hace mil años y despertar bajo una tormenta de globos de agua. Luego las risas, claro.

Está para olvidarse de casi todo y esperar poco del día cuando te despiertas. Está para dejar que el móvil se quede sin batería y esperar unos días para cargarlo de nuevo. Está para decirle a las pequeñas criaturas que vale, que solo por hoy pueden comerse dos helados (seguidos, uno detrás de otro, sin respirar).

Está para vivir con un ojo medio cerrado, cegado por la luz, y así poder inventar con el otro medio unos días que añoraremos enseguida, porque el verano nunca sabemos cuánto dura, de hecho seguramente apenas nos dure un instante.

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