UN TÚNEL DE AUTOLAVADO

Esta es una mis fotografías preferidas. Es en el Parc Güell. La niña soy yo, la mujer que me sujeta es mi abuela, y ella pensaba que la cámara no la captaría.

Ahora tiene ochenta y siete años y el otro día, camino al hospital para sus chequeos oncológicos, pidió pasar por un túnel de autolavado.

Como no podía ser de otra manera, mi padre, que la acompañaba, buscó una gasolinera y ella, entonces, volvió a tener de nuevo cinco años.

Se reía como una niña desde su asiento, viendo cómo las esponjas gigantes lanzaban espuma contra la ventanilla. Y se llevaba las manos a la cara cuando la espuma parecía querer alcanzarla, y entonces reía más fuerte.

Después, en casa, se lo explicó todo a mi abuelo. Se lo explica porque él está ciego y ahora observa el mundo a través de los ojos de ella (creo que, en realidad, eso lo ha hecho siempre, pero es ahora cuando los demás nos hemos dado cuenta.)

Como decía, aquel día en el Parc Güell, ella me sujetó, creyéndose invisible a la cámara. Y supongo que esa es una forma de amor: intentar echarse a un lado para ceder el centro de una a fotografía, como también lo es mirar la vida a través de los ojos de otro o parar en el túnel de autolavado, aunque el coche no lo necesite y se haga tarde.

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