UN FATÍDICO CORTE DE PELO

«La libertad de pensar, y de mal pensar y de pensar poco, la libertad de elegir yo misma mi vida, de elegirme a mí misma. No puedo decir “de ser yo misma” puesto que no era más que un barro moldeable, pero sí la libertad de rechazar los moldes

Françoise Sagan, “Buenos días, tristeza”.

Con catorce años me corté el pelo para parecerme a Françoise Sagan porque estaba convencida de que ella era la mejor escritora del mundo. Me quedó horrible, pero comprendí lo que ella quiso decir con eso de “rechazar moldes”, y sobre todo, entendí lo difícil que resultaba dejar de ser de barro moldeable.

A los pocos meses mis rizos se movían de nuevo, saltarines e insubordinados, sobre mis orejas y supe que aquel sería mi propio molde (que a fin de cuentas, es el único molde que merece la pena, el propio, el que nos vamos haciendo a medida conforme descubrimos quién somos y, sobre todo, quién no somos), supe que esos rizos desordenados siempre deberían estar ahí, porque no quería seguir siendo de barro.

Hace poco volví a leer “Buenos días, tristeza”, y me topé de nuevo con esa frase, subrayada con pulso poco firme, y no pude evitar sentir cierta ternura por aquella niña de pelo recién cortado que creía saber quién era la mejor escritora del mundo (porque el mundo le parecía algo mesurable) y que, incluso, llegó a creer que podría parecerse a ella.

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