UNA BICICLETA ROSA

UNA BICICLETA ROSA

Siempre quise una bicicleta como la de Phoebe: rosa, con una cesta llena de flores y tiras brillantes colgando del manillar. Lo que ocurre es que, como a Phoebe, no se me da bien montar en bici.

Tardé varios veranos en aprender y, todavía hoy, preferiría llevar ruedines. Tampoco se me da bien dibujar, hacer tartas, darle la vuelta a la tortilla de patatas sin utilizar un plato, coser botones, hacer la vertical (esto supuso una absoluta calamidad cuando tenía diez años, hoy no tanto), adivinar qué canción suena escuchando solo las primeras notas, trazar líneas rectas, memorizar caminos, practicar cualquier deporte que implique un balón de por medio o diferenciar un vino de calidad de uno de brick (esto último, bien mirado, tiene sus ventajas).

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Dijo J. K. Rowling que son nuestras elecciones las que muestran quiénes somos realmente, mucho más que nuestras habilidades.

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Algún día elegiré comprarme esa bicicleta, de momento elijo seguir haciendo tartas mediocres y desafiando a mis queridos convivientes a adivinar la canción que suena en la radio antes de que transcurran los diez primeros segundos. Para los balones y el vino, siempre habrá tiempo.

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