AQUÍ O ALLÁ

Iluminación navideña de la ciudad de Barcelona (Passeig de Gràcia).

Hay días en los que imagino que desaparezco de la cosmopolita Barcelona y me mudo a una fabulosa casa en mitad de la nada, entendiendo la nada como un frondoso bosque. Una casa de madera rodeada de eucaliptos y colibríes revoloteando y saludándome cual cenicienta encantada, un bello y lejano lugar al que nadie sabe llegar.

En esa casa hay una inmensa biblioteca, dormitorios espaciosos para que mis herederos brinquen de cama en cama y una preciosa chimenea (que nunca encendería porque el humo me da tos).

En esa casa no habría por nada del mundo una cocina, en su lugar, una pequeña caja mágica que al abrirla cada vez ofrezca un delicioso y elaborado manjar (el plato y los cubiertos sucios serían depositados en la misma caja tras su uso y, desde luego, desaparecerían con la misma magia con la que apareció la comida).

Otros días, en cambio, sueño con mudarme a Nueva York. Comprar el Times (en un quiosco cuyo dueño me salude por mi nombre) y leerlo en una cafetería de cualquier avenida, tropezarme cada vez en el mismo escalón de las escaleras de East Village Books con mis botas (cowboy) o pasar el rato en una lavandería secuestrando historias ajenas que después, en mi fabuloso apartamento con vistas al Central Park, escribiría sobre un auténtico escritorio de los años veinte.

Pero otros días (la gran mayoría) me conformo con estar aquí, exactamente donde estoy, en un piso cualquiera de la Barcelona de los 70′, recorriendo los caminos que ningún turista visitaría jamás. Me conformo con sentirme más o menos humana (ya saben lo que dijo George Orwell: lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano), con tropezarme solo de vez en cuando y con que el librero del barrio me diga que ha llegado algo nuevo y que me reserva un ejemplar porque, asegura, apuesta a que me encantará.

Cabaña en paradero desconocido con la que fantaseo (a veces).
East Village Books, en el 99 de St. Marks Place, East Village, Manhattan.