LOS DÍAS GRISES

Cuando estaba escribiendo el libro de relatos Estos peces sin ojos, el título que en un principio rondaba por mi mente era Los días grises. Enseguida lo descarté por ñoño, cursi y manido. Pero esas palabras hoy han regresado a mi cabeza como un eco lejano. Ha sido mientras paseaba cerca de la pequeña noria del Tibidabo. Me ha parecido que la atracción luchaba contra una insidiosa bruma gris que trataba de esconderla. 

Como es de esperar ganó la bruma, y el gris se impuso sobre la resignada y descolorida noria.

Quizá era una batalla perdida, la de la noria contra el gris. Como lo es muchas veces nuestra lucha contra esos días faltos de color. Pero quiero pensar que hay algo de bello en el gris, como hay algo de bello en la tristeza.

El otro día leí un poema de Piedad Bonnett que dice que las cicatrices son las costuras de la memoria, un remate imperfecto que nos sana dañándonos. La forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas.

Creo que los días grises son como esas cicatrices de las que habla Bonnett, están ahí para recordarnos algo. Tal vez, para que no olvidemos que el gris es también un color.

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