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BAJO TIERRA

Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio, escribió García Márquez.

Y yo ando últimamente falta de silencio y, mucho me temo, aquejada del síndrome del avestruz. Entierro la cabeza bajo tierra y que el mal pase de largo, que se aleje sin apenas rozarme, sin que advierta que estoy aquí, que existo. Quiero vivir sin darme cuenta, dijo Quino.

A veces, con la cabeza ahí, bajo tierra, diviso otras cabezas. Tratamos de no molestarnos mucho, nos sonreímos tímidamente, sabemos lo que estamos haciendo allí. Y nos comprendemos y nos perdonamos. Pero lo mantenemos en secreto, no vaya a ser.

Ahí abajo, si alguien tose nadie lo mira extraño, esa tos no es más que un poco de tierra que se nos atraganta mientras tratamos de coger aire. 

Ahí abajo nadie mira las noticias ni lee los periódicos. Nadie está pendiente de las cifras ni de las estadísticas. Nos traen sin cuidado los datos. Y solo cuando sacamos la cabeza nos mostramos atemorizados por esas cifras.

Ahí abajo escuchamos música, leemos libros, dibujamos (salvo arcoíris, ahí abajo está terminantemente prohibido dibujar cualquier forma que se asemeje a un dichoso arcoíris), y nos cantamos y reímos en voz bajita hasta ahogarnos.

Cuando los de fuera nos golpean las patas o nos arrancan las plumas para recordarnos a dónde pertenecemos, sacamos la cabeza y nos tapamos la boca. Cerramos los ojos y apagamos el alma. Nos reunimos con el rebaño y nos quedamos en silencio.

No creo que la sobreinformación sirva para curarnos de la pandemia, ni el inconmensurable goteo rítmico y acosador de datos diarios. Por eso, cuando me cruzo con un artículo, una entrevista o una noticia que se olvida por unos instantes del mal, siento un alivio terrible y trato de quedarme ahí, escondida, respirando y mirando de soslayo a las otras cabezas que luchan por respirar, como yo, bajo tierra.