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La buena educación, un donut de chocolate y Cervantes

1.Educar es, seguramente, uno de los retos más complejos (y apasionantes) al que nos enfrentamos aquellos que hemos decidido postergar nuestra estirpe. Como muchos sabrán, soy de formación abogada y, créanme, en ocasiones es más fácil sacar adelante un expediente de quinientos folios que lleva cinco años deambulando de una administración a otra que tratar de explicar a un niño por qué su amigo merienda cada tarde un donut de chocolate y él no. En este caso, la argumentación se convierte en un arte al alcance de muy pocos.
Hace tiempo escribí un artículo sobre madres y padres hiper motivados que asisten a cursos y conferencias para que sus vástagos se asemejen a la activista Greta Thunberg; dije también que yo me conformaba con que mis queridos retoños no olviden las tres reglas de oro de toda buena educación: Buenos díaspor favor y gracias.

Pero el ser humano crece y, al crecer (como ocurre con el resto de cosas interesantes), se complica. Entonces entiendes que, en realidad, casi nada funciona con solo tres reglas.

Así que, mientras mi heredero me daba las gracias (no sé yo si muy convencido) por el bocadillo que acababa de entregarle (mientras miraba por el rabillo del ojo el donut de su amigo), recordé aquello que escribió Aristóteles y que decía que las raíces de la educación son amargas, pero la fruta es dulce. Y pensé que, algún día, mi querido vástago entenderá que la dulzura no se halla, precisamente, en un donut de chocolate.

2. Fue Pascal quien dijo: «Te pido perdón por escribirte una carta tan larga, pero no he tenido tiempo para escribirte una corta.»

Cada día me cuesta más leer libros que superen las trescientas páginas. Hay veces, incluso, que me parece una verdadera descortesía por parte del autor semejante extensión.
Hace ya mucho que descarto en librerías y bibliotecas grandes volúmenes (creo que es una forma de descarte tan válida como cualquier otra) y me lanzo entusiasmada a los que he denominado libros-maravilla, que no son otros que aquellos libros de menos de doscientas cincuenta páginas que llenan de ruido la cabeza y el alma de quien los lee. 

Escribir un libro largo y que merezcan la pena cada una de sus páginas está al alcance de muy pocos (Cervantes o Proust son algunos de ellos).

Los últimos libros-maravilla que he leído han sido Rewind (Juan Tallón), Un amor (Sara Mesa) y Diario del asco (Isabel Bono).

Pero el concepto libro-maravilla no surgió de golpe, en realidad, se fraguó con los años tras la lectura de títulos como:

La metamorfosis (Kafka), La señora Dalloway (V. Woolf), El Extranjero (Camus), El viejo y el mar (Hemingway), Las Catilinarias (Amélie Nothomb) o Crónica de una muerte anunciada (García Márquez).

3. Últimamente he recibido muchos mensajes amables y generosos (a pesar de no tener redes sociales los estupendos lectores y lectoras se han buscado la vida y han terminado por dar conmigo y este humilde blog).
Permítanme concederle algo de autobombo a mis Peces sin ojos y dejarles por aquí el link de uno de esos mensajes, en forma de crítica, que acarician a estos queridos relatos míos con una delicadeza suprema. Probablemente ni yo misma hubiese leído entrelíneas de una forma tan suspicaz como lo ha hecho la escritora Mayte Blasco en su artículo.

También quisiera decirles a las maravillosas gentes de Colombia, Chile y Portugal que ya está disponible el libro en sus respectivos países.

Disculpen la extensión de este post, no tuve tiempo de escribirlo más corto.

Hasta la próxima y gracias.