Relato

REGRESAR

Nueva York, la Patagonia y Sídney. Esos habían resultado los tres lugares finalistas sobre los que tomar una decisión.

Mario había descartado Nueva York, demasiado obvio, ellos no eran así. No eran una de esas parejas que dan las cosas por sentado, no son de los que van a Nueva York de viaje de novios. De hecho, no son de los que hacen un viaje de novios y lo llaman así, viaje de novios. La boda no iba a ser corriente: un funcionario los casaría, después harían un picnic en El Retiro y regresarían de madrugada, borrachos, a casa, con varios amigos (también borrachos) a cuestas. No, no viajarían a Nueva York, a pesar de las insistentes ganas de Blanca.

Ella, en cambio, no va a viajar a Sídney. Un lugar falto de carácter, de historia. En Sídney no ocurre nunca nada, no es propio de nosotros, decía Blanca. Terminaron por decidirse por la Patagonia, un lugar que a ninguno entusiasmaba pero que, a fin de cuentas, no molestaba al otro.

Pero la vida mueve los hilos de que dispone y trastoca cualquier plan, y el mal que azotaba al resto del mundo también los azotó a ellos. De haberse tratado de otro viaje, de otro verano… pero uno no escoge sobre qué parte del cuerpo recibirá el golpe.

Así que Mario y Blanca han podido hacer el picnic en El Retiro (con menos personas de las que habían imaginado) y han regresado algo borrachos, y solos, a casa. Tumbados sobre la cama miran cómo las aspas del viejo ventilador giran sobre ellos, removiendo el aire caliente que los ahoga. Ella todavía no se ha deshecho la trenza, no ha quitado las flores silvestres con las que ha decorado su pelo esa misma mañana, antes de la ceremonia. A Mario el vino le empieza a quedar lejos y la lucidez se le acumula en la garganta. No quieren esperar al día siguiente, el día en el que hubiesen subido a un avión destino a la indiferente Patagonia. Será mejor estar lejos de lo que podría haber sido. Mirar hacia otro lado.

Y como si el ventilador hubiese arrojado la idea sobre ellos, Mario y Blanca se ponen en pie de un salto. Deciden comenzar el camino.

Conducen en silencio, cuando se quieren dar cuenta han dejado atrás Madrid. No tienen destino, no hay ningún lugar que los espere.

Es como cuando eran pequeños, piensa ella. Cuando el verano no significaba aeropuertos, lugares desconocidos y cambios de horario. Cuando el verano era sinónimo de coche, de lugares cercanos, de sabores conocidos, de gente a la que visitar.

—Podríamos ir a ver el mar— dice Blanca con un hilo de voz, como si le avergonzase pronunciar esas (quizá algo cursis) palabras.

Ellos, tan alternativos, tan vividos, ellos que han nadado en mares de los cinco continentes conducen ahora hacia el mar donde aprendieron a nadar. Ellos que no entendían por qué sus respectivos padres veraneaban una y otra vez en el mismo lugar, por qué no necesitaban alejarse, recorren hoy un camino ya conocido.

Pero «uno siempre vuelve a su primer mar», le dijo su madre el verano en que Blanca se negó a viajar con ellos. Y ahora, ellos, nómadas por convicción, se dirigen hacia ese mar del que llevan años huyendo.

Se detienen frente a un pequeño restaurante de violentas luces de neón.  Cenan a solas. Ríen cada vez más fuerte, se rozan las manos y los pies. Intercambian el número de teléfono con un camarero que es idéntico a Sabina, y prometen llamarse algún día. Hacen el amor en el coche, a escondidas, excitados por el miedo a ser descubiertos y la voraz e inminente necesidad de sus cuerpos.

Retoman la marcha. Avanzan. No recordaban lo que era moverse, lo que significaba tomar conciencia del movimiento físico, atravesar lugares, observar desde abajo el camino recorrido.

Son las 6:43 de la mañana. La noche se ha despojado de la oscuridad y una ligera luz verdosa se abre paso en un cielo demasiado bajo. Blanca y Mario están cansados, la noche y los kilómetros pesan sobre sus hombros.

Se detienen junto a un cartel que indica el nombre del pueblo. Un pueblo donde los pescadores saludan cada tarde a los que pasean por el puerto, un lugar donde sólo los fantasmas se atreven a salir después de comer. Y, al final del pueblo, el mar.

Blanca y Mario sienten la humedad de la arena bajo sus pies. Hunden los dedos mientras caminan. Permiten que esa agua infinita sostenga sus cuerpos.

No es fácil saber quedarse, poder mirar la distancia y no echar a correr. Nadar en el mar de siempre. Regresar.