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EN UN VAGÓN DE METRO

El otro día vi Almost, un cortometraje dirigido por Uwe Greiner. Una formidable historia de amor (no vulgar, no dramática, no cursi) que ocurre dentro de un vagón de metro. Y como en las grandes historias de amor, los personajes protagonistas van transformándose, muy poco a poco, de manera casi imperceptible, a lo largo de varios días.

(Disculpen que no les dé más detalles, pero es que el cortometraje apenas dura diez minutos y es tan delicioso y delicado que siento que si hablo demasiado de él lo dañaré.)

Como decía, la historia ocurre en un vagón de metro de una ciudad cualquiera. Personalmente, creo que en un vagón de metro podría caber casi cualquier historia digna de ser narrada (un día de estos subiré a un tren, me sentaré en el lugar en el que menos se perciba mi presencia y observaré durante horas esas vidas ajenas que se transportan, que van y vienen, que se dejan arrastrar bajo tierra, a través de túneles oscuros que siempre terminan llegando a una estación, a un lugar esperado, a un lugar que nos empuja y nos devuelve a la luz).

Pero esta historia, además, está contada a través de dos de las mejores cosas que pueden ocurrir en una (verdadera) historia de amor: las miradas y los silencios.

Al inicio del corto, hay un instante, una milésima de segundo, en el que los protagonistas cruzan sus miradas, y se dedican en ese momento por entero a la mirada del otro. Y, ahí, en ese exacto momento, ya está todo escrito. Toda su historia de amor se condensa en ese instante en el que por fin se encuentran, se ven, se observan. Ese momento en el que se sienten por primera vez.

Lo que sucede después de esa mirada ya no importa, pues entre ellos dos, ya ha sucedido todo.

 

P.d. Este post está dedicado a mis queridas lectoras subterráneas (Jo, Es y Ol), ellas saben quién son.