EL RESTO DEL MUNDO

Pues ya estamos en la nueva normalidad, como si la normalidad hubiese existido alguna vez.

Lo que consideramos normal no es otra cosa que la forma en que somos capaces de percibir el mundo que nos rodea, y amamos sin salvoconductos a aquellos que la perciben del mismo modo que nosotros, porque esos son nuestros iguales, nuestros normales.

Dijo Kafka que «en tu lucha contra el resto del mundo te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo», que supongo que es otra forma de decir que para ser normal basta con que observes la vida como la observa el resto.

El problema (si es que resulta un problema) es que no siempre lo conseguimos, por más que lo intentemos. No siempre conseguimos ser normales. Entonces llega la revolución, y deja de parecernos normal lo que hasta entonces lo había sido. Y nos desconcierta. Y nos hace sentir incómodos. Pero nos hace sentir, que a fin de cuentas es para lo que está uno aquí y ahora, para sentir.

Hoy finaliza el curso escolar y son muchos los mensajes que estoy leyendo de cuánto nos ha cambiado esta cosa terrible que empezamos a dejar atrás (o eso creemos), pero los que tienen perros siguen pensando que fue justo que pudiesen salir a pasear, los que tienen niños siguen pensando que fue injusto que no pudiesen salir a pasear, los que tienen bares siguen pensando que se les ha disparado a matar y los que trabajan en un hospital siguen creyendo que todo ha sido poco.

Yo no sé si hemos cambiado o no, porque el presente es un animalillo inquieto que aúlla y se agita, y mientras aúlla y se agita no podemos observarlo con detenimiento, no podemos analizarlo. Pero lo que sí creo es que la normalidad no va a convertirse en única, que seguirá habiendo tantas como almas suspiran, y que irá cambiando a cada instante, como cambian y envejecen los ojos con que la observamos.