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TODOS ESTAMOS BIEN

Lloro unas tres veces al día, me decía ayer una amiga.

Mi hijo llora tres veces al día, de rabia, de miedo, me dijo otra.


Yo también lloro, quizá más de lo que acostumbro; quizá no, quizá lloro igual que antes (que antes de que esto extraño que nos está sucediendo ocurriese), pero antes no era consciente de mi propio llanto porque tenía prisa, o cosas más importantes que hacer.
Veo a gente aplaudir desde el balcón y siento ganas de llorar; veo a gente que insulta a otra gente desde el balcón y también siento esas mismas ganas de llorar.

Veo que un hombre de noventa años sale del hospital porque ha vencido al virus y siento ganas de llorar; leo que han perdido la vida miles de personas  y siento ganas de llorar.

No sé hasta qué punto el llanto nos salva o nos destruye. Pero ese impulso, el de la lágrima desbordando un ojo que ve, un ojo que lee, un ojo que siente, es una forma más de acercarnos a los demás, de acercarnos a nosotros mismos.
Ayer no iba a llorar. Al levantarme decidí no leer la prensa ni encender el televisor. Pero a última hora de la tarde sonó el teléfono. Y una voz que hacía meses que no escuchaba me preguntó si estaba bien, si todos estábamos bien.
Todos estamos bien, dije.
Entonces  lloré.
Lloré porque pude decir que sí, que todos estábamos bien. Solo eso, que estábamos bien.