Relato

EL SÉPTIMO PADRE

Mi quinto padre era un tipo japonés. El hecho de que mis rasgos no fuesen orientales debería haberme puesto en preaviso, pero no fue así.
Era un hombre de negocios, uno de esos tan ocupados que dejan de ser hombres a secas y son solo hombres de negocios. Sé que mamá no me habló nunca de él para que yo no sintiese el abandono. Mamá prefirió el duelo, escogió el duelo. Tu padre murió, dijo la primera vez que le pregunté por él a los cuatro años. Yo no volví a hacer más preguntas porque no creí nunca en su respuesta.
Mi padre estaba vivo, y era japonés.
Un hombre de negocios japonés.
Yo narraba a mamá las aventuras de aquel padre mío. Escribía sobre él en mi diario y le dediqué el discurso de mi sexto cumpleaños.
«Papa es japonés. Trabaja en el rascacielos más alto de la ciudad más importante de Japón. Es rico y tiene siete casas. Cuando sea mayor iré a Japón. Y quizá me quede en Japón con él».
─ ¿Y quizá te quedes en Japón con él? ─ preguntó mamá aquella noche mientras cenábamos─ ¿En Japón?, ¿con él?

Nunca había visto a mamá de aquella manera. No había nada fuera de lo común en su rostro o en su voz, pero mamá había dejado de ser ella por unos instantes. Su voz se había modulado de una forma extraña y la comisura de su boca caía de manera violenta hacia su barbilla. Me asusté.

Entonces comenzó a llevarme al psicólogo. Íbamos cada viernes al salir del colegio. A veces mamá entraba conmigo; otras era yo la que debía enfrentarse en solitario a las preguntas de aquel hombre con acento francés.

Fue durante una de aquellas sesiones cuando lo comprendí todo. Mi padre no podía ser aquel japonés con el que llevaba años fantaseando. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida durante tanto tiempo? Por eso a mamá le ocurrió aquello tan extraño aquella noche, cuando descubrió que quería irme a vivir a Japón con el hombre de negocios. Porque ese hombre de negocios no existe. Y por eso me llevó hasta él, hasta el psicólogo francés. Por fin supe lo que ocurría.

Yo acudía alegre cada viernes. Mamá decía que aquellas sesiones eran el dinero mejor invertido de su vida. Durante aquellas semanas mamá fue feliz, parecía haber encontrado, al fin, algo que durante mucho tiempo había estado anhelando.

Y de haber sabido que aquel viernes iba a ser el último, hubiese actuado de distinta manera, le hubiese explicado al francés mis planes. Pero un jueves por la noche mamá entró en mi habitación, se sentó sobre mi cama y señaló el tercer cajón de mi escritorio
─Ábrelo─ dijo.
Abrí.
─Saca el diario.
Saqué el diario.
─Lee la última página.
Leí:
─Él hoy parecía contento. Hemos dibujado y hemos visto fotos de nubes. Debíamos decir qué forma tenían. Después entró mamá y se estrecharon la mano. Creo que aún se quieren. Quizá sea un secreto. Quizá algo o alguien les prohíbe quererse. A mí no me importa. Me ha dicho que cada verano regresa a Francia y sé que el próximo verano me llevará con él. Papá me llevará a Francia con él.
─No sé qué más puedo hacer, hija mía.

De la garganta de mamá salió de nuevo aquella voz extraña, aquel graznido agudo y desconocido del día de mi sexto cumpleaños.

Cuando mamá salió de mi dormitorio, tras haberme comunicado el fin de mis sesiones con el francés, escribí en mi diario por última vez: Si yo encuentro a papá, mamá sufre. Y aquello fue lo último que escribí, porque no volví a escribir más. Ni en mi diario ni en ningún otro sitio. Las palabras dejaron de tener un significado cierto para mí. Las palabras podían ser violadas, usurpadas. Aquello que había escrito en mi diario ya no me pertenecía.

Dado mi alejamiento de cualquier tipo de palabra escrita o hablada, las maestras llamaban continuamente a mamá. Y Mamá lloraba en las reuniones de la escuela, y en la consulta médica. Lloraba cuando pagaba en el supermercado o mientras conducía. Lloraba mientras dormía. Lloraba cada vez que me miraba.

Una noche dejó de llorar. Entonces sentí miedo. Acostumbrada a sus gemidos el silencio me alertó y corrí por el pasillo hasta su dormitorio.
─De acuerdo, mamá. No tendré más padres.
─Tienes un padre, hija. Pero eso es todo lo que tienes, ¿comprendes?, solo un padre.
─No, mamá, no quiero más padres.
─Yo pensé que jamás podrías vivir sin madre, ¿sabes? Pensé que te resultaría imposible vivir sin ella, porque nadie debería vivir sin madre. Y tú eras frágil y diminuta─ dijo─ Y yo estaba aterrorizado.

La voz de mamá ya no era su voz. Y su rostro se había deformado hasta convertirla en una persona diferente.
─Le prometí a tu madre que no la echarías de menos. Fue lo que le prometí. Y no encontré otra forma de hacerlo, ¿comprendes, hija? Yo me convertí en ella.
Papá comenzó a llorar de nuevo.