YOU ARE WHAT YOU READ

Debes escribir un post para cerrar el año, me dije a finales de noviembre. Un artículo de los que remueven el estómago. De los que dan ganas de reír y llorar a la vez, pensé después de dejar a mis herederos en el colegio.

Palabras de esas que parecen contener algún tipo de verdad, una verdad que termina por pertenecer a todo el que la lee, porque la hace suya. Anoté varias ideas en el móvil mientras esperaba en la oficina de correos… Una verdad delicada, de las que se acarician con cuidado para que no se quiebren.

En el post de fin de año no podría faltar una buena frase, una cita que me conmovió y que quería, necesitaba, que conmoviese a alguien más. No sé, quizá una cita de Gombrowicz, esa que escribió en Testamento: «Yo no era nada, por lo tanto podía permitírmelo todo», o mejor, una cita de Joyce«El azar me proporciona todo cuanto necesito». Finalmente (mientras preparaba una crema de calabaza para la cena) anoté en una servilleta de motivos navideños la frase «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiéramos», de Marguerite Duras. Se había hecho tarde pero, sin duda, al día siguiente me pondría a escribir ese magnífico post.

Uno de mis herederos decidió convertirse en abanderado de un virus y en las distintas idas y venidas al pediatra se me ocurrió que debería escribir sobre los fines de años que en realidad no lo son, en fines de año que no son finales de nada, pensé en la consulta del pediatra.

Después tuvimos la imperiosa necesidad de crear un árbol de navidad con los cartones de los rollos de papel higiénico y purpurina, cantidades ingentes de purpurina. El brillo me hizo recordar inevitablemente la serie Foodie Love, de Isabel Coixet, y las ganas inmensas que me habían surgido de tener un cabezal  de letras de neón, como el que la protagonista tiene sobre su cama. Esas letras brillantes en las que ponía You are what you read. También hablaría de la serie en mi último post, debía compartir con el resto del mundo dicho descubrimiento.

Entonces pienso que yo jamás tendré un cabezal como ese, con luces de neón rojas que iluminen mi funda nórdica, mis libros, mi cajonera. Y sé que lo que en realidad me gusta de ese cabezal es, precisamente, la idea de tenerlo algún día.

Y sé que, igual que ocurre con el cabezal, nunca escribiré un post sobre fin de año (ese post tan perfecto, tan  exquisito, que existe en mi cabeza, y solo en mi cabeza). Porque lo que me gusta de ese post es la idea de tener que escribirlo un día de estos.

 

 

La imagen de cabecera es una escena de la serie Foodie Love (HBO).