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Una isla equivocada

A todos nos ocurren cosas: unas son extraordinarias, e insistimos en recordarlas y rememorarlas; otras, en cambio, quisiéramos poder olvidarlas; pero otras muchas (la gran mayoría) nos ocurren sin que seamos apenas conscientes de ello, de que nos están ocurriendo.
Hace años viajé en avión y luego en taxi y luego cuatro horas en un autobús sin aire acondicionado. Finalmente, subí en un barco. Cuando creía que estaba al fin en mi destino, el taxista al que le indiqué la dirección del hotel en el que debía alojarme me dijo, en un inglés tan de estar por casa como el mío: this is not your island, my lady.
En efecto, me había equivocado de isla. El ferri en el que viajaba (y que yo creía que tenía como destino único mi querida isla griega) hacía un recorrido por varias islas de la zona. La segunda era la mía, yo desembarque en la primera.

   Cabizbaja y con la moral arrugada, regresé nuevamente al puerto, compré un billete y esperé, cinco horas, a que un ferri, esta vez sí, me llevase hasta mi isla.
En la espera me puse a llorar: fruto del cansancio y de la torpeza viajera en la que había incurrido. Pero, sobre todo, lloraba por el mal recuerdo que iba a generar aquella experiencia en un viaje que, se suponía, iba a ser el viaje de mi vida.
En aquella espera conocí a un matrimonio argentino que, al verme llorar, me invitó a sentarme junto a ellos. Ambos pusieron un gran empeño en cambiar mi desolado humor. Me explicaron que a ellos les había ocurrido exactamente lo mismo, ellos iban también a mi isla y también habían desembarcado, como yo, antes de tiempo.
Reímos mucho y hablamos mucho. Una de las mejores conversaciones que jamás he tenido tuvo lugar allí, en aquel puerto que no entraba en mis planes y con aquellas dos personas cuya presencia tampoco estaba planificada en mi vida. La emoción que nos invadió a los cuatro (yo viajaba también acompañada) cuando llegó el nuevo ferri hizo que nos despidiésemos rápido y mal: sin intercambiar emails o direcciones postales que pudieran mantenernos en contacto en un futuro, y por las cuales hubiésemos podido prorrogar aquella magnífica conversación.
Al final llegué a mi isla, y disfruté de mi viaje.
Y hoy, unos años después, no sólo recuerdo las lágrimas de la isla equivocada con nostalgia (y cierta ternura), sino que sé que aquella desafortunada espera de cinco horas fue uno de los mejores recuerdos que guardo de aquellos días. En aquel pequeño puerto equivocado me ocurrió una de esas cosas de las que uno no es consciente que le están ocurriendo. Me ocurrió una isla equivocada.