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De cielos artificiales

Hace unos días, poco antes de media noche, observaba desde la cuneta de una carretera un espectáculo de fuegos artificiales de esos que clausuran las fiestas de algún pueblo.

Cerca de mí, apoyadas también sobre su coche, una hija y una madre los contemplaban embelesadas: la primera miraba al cielo; la segunda observaba los destellos a través de la pantalla del móvil.

La hija, entonces, le pregunta a la madre porqué graba el espectáculo: porque son preciosos, los podré volver a ver cuando desee y además, así no me pierdo nada, respondió la madre sin apartar los ojos de la pequeña pantalla.

 Pero te pierdes lo mejor, mamá, que es verlos sobre el cielo.

Y pensé en aquella frase de John Lennon (algo empalagosa) que ocupa tantas tazas de desayuno y bolsos de trapo, y en la que decía eso de que  la vida es aquello que va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.

Y pensé que Lennon no se equivocaba porque, en efecto, la vida está en lo que sucede lejos de esa pantalla que nos azuza para suplantar nuestras pupilas.

 Porque la vida estalla en colores sobre el cielo cada noche. Y de nosotros depende verla pasar con unos ojos u otros.