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DE FINALES DE CURSO Y FALDAS DE VUELO

Primero pasa un día, y luego otro.
Y después pasa un año, y después unos cuantos más. Y de repente llega de nuevo el día de fin de curso. Y quien bailotea en el patio del colegio ya no eres tú tratando de hacer movimientos imposibles con esa falda que tu madre ha comprado especialmente para ese último día; ya no eres tú, sino tu hija, tu hijo, rodeados de otros niños y niñas cuyos padres, seguramente, los observan haciéndose la misma pregunta que te estás haciendo tú: ¿dónde demonios están todos esos días, todos esos años que creías te pertenecían? Y por más que te esfuerces no logras dar con ellos, han desaparecido, finito, caput.
Porque el tiempo, a fin de cuentas, deja de pertenecernos el día que entramos pataleando en esta vida. El tiempo lo engulle todo: la infancia, los patios de colegio, las faldas de vuelo, la adolescencia (excepto para unos pocos que arrastran la impertinencia y la inseguridad por el resto de sus días), las primeras veces, las últimas veces.
Desconozco qué habrá sido de la falda de aquel fin de curso de cuando yo tenía diez años, no sé qué habrá sido de la maestra que me dio un abrazo y me deseó feliz verano. Supongo que, como ocurre con el resto de las cosas, todo aquello también habrá sucumbido a la impertinencia del transcurso del tiempo.
Hoy veo revolotear otras faldas, observo otras maestras desear feliz verano a otros niños; niños que en unos años ‒demasiado pocos‒ verán también a sus hijos bailotear en el patio del colegio ese último día de curso.
Estos días, estos años tan poco nuestros desaparecerán sin dejar apenas rastro; pero las faldas volando y los veranos felices durarán  mientras nos sigan quedando días de fin de curso por llegar.

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