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DE IDIOTAS, HIPOTENUSAS Y FRANCESES.

Con catorce años descubrí el atractivo de escuchar una lengua incomprensible. Hasta entonces, únicamente había estudiado un inglés precario (que terminé descubriendo con mayor profundidad después de pasar una temporada en Dublín).

En el instituto elegí una de esas asignaturas que denominaban (no sé si seguirán existiendo) de libre elección. Esas que escogías en función de la simpatía que te provocaba el profesor que la impartía y que, a ser posible, se superaba sin someterse a examen a final de curso.

La profesora de lengua castellana, una mujer diminuta que siempre nos observaba por encima de sus gafas oscuras, entró en el aula y nos lanzó aquel delicioso Bonjour. En efecto, había escogido la asignatura Lengua y cultura francesa. Durante aquella hora semanal que duraba la clase, la profesora nos hacía escuchar música -cuya letra seguíamos con el dedo sobre el papel-, nos proyectaba diferentes diapositivas con imágenes de París y el Louvre y nos traducía alguna que otra poesía gala.

Cuando consideró que todos éramos capaces de imitar el extraordinario  Non, rien de rien de Édith Piaf nos recompensó con una tarde de cine. Los siete, la profesora y los seis alumnos que conformábamos el pequeño escuadrón francés, nos dirigimos a una sala de cine del centro de Barcelona donde vimos, en versión original (subtitulada en español) Le dîner de cons, o la cena de los idiotas. Y en aquella sala de cine sufrí, por primera vez, un episodio de síndrome Stendhal* (Después vendrían otros: como cuando visité la Alhambra, observé los Niños en la playa de Sorolla o leí Crónica de una muerte anunciada de García Márquez).

Salí de aquella sala fascinada por el hecho de que una historia con un argumento en apariencia tan simple suscitase en el espectador todo tipo de emociones y dilemas morales. Los siete estábamos perplejos, desconcertados.

Durante la película no podemos evitar reírnos de la torpeza de Barry ( el protagonista, interpretado por Jacques Villeret) pero a su vez sentimos rabia e impotencia cuando el anfitrión trata de menospreciar su mera existencia.

Aquel día decidí que  Le dîner de cons sería mi película preferida. Y mantengo su título en francés no por capricho o puro esnobismo sino porque cuando, años más tarde, traté de verla traducida al español, la voz que doblaba al protagonista me pareció tan desafortunada y ridícula que me negué en rotundo a escucharla en mi querida lengua materna.

El curso finalizó, y con él mi escasa educación en cultura gala. Hubiese preferido escuchar más canciones francesas y ver más películas subtituladas, pero estábamos preocupadísimos con la importante tarea de  memorizar el nombre de los ríos y comarcas que nos rodeaban  y calculando el resultado de vitales hipotenusas (de lo contrario el profesor no te consagraba con un «progresa adecuadamente»).

Francia tiene algo. Vila-Matas dice en su París no se acaba nunca que lo que más le gusta de París es que no tiene catedrales ni casas de Gaudí. Y es que, Francia tiene una capacidad cultural inigualable para enamorar a todo aquel que la percibe desde la ignorancia, desde la lejanía. Francia no es especial para los franceses, y es quizá por ello que rezuma tal extraordinario encanto. Porque en la cultura francesa uno puede cenar con un idiota y sufrir un placentero infarto al escuchar un rien de rien de fondo. Vive la France, amigos.

 

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El actor Jacques Villeret interpretando a Barry en La cena de los idotas.

 

*P.D. El famoso síndrome Stendhal se trata de una enfermedad psicosomática que provoca palpitaciones, mareo, temblor o alucinaciones cuando un individuo contempla la belleza de una obra de arte.