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ROPA TENDIDA

De pequeña, cuando mi abuela no quería que yo me enterase de alguna conversación que estaba cogiendo un rumbo de lo más interesante decía, a modo de reprimenda, «hay ropa tendida»; y me señalaba con la nariz.

Yo sabía que, en aquel preciso instante, la conversación se detenía en su momento álgido, en el más interesante, en el que merecía la pena seguir escuchando (por más que yo no terminase de comprender lo que decían).

Después, cuando yo simulaba entretenerme con cualquier cosa, retomaban la palabra y desfilaban ante mis oídos familiares malvados, vecinos infieles, facturas debidas o muertos todavía por enterrar.

Ahora, cuando escribo, a veces me detengo en ese preciso instante de la ropa tendida que clamaba mi abuela, ese terreno escarpado por el que puedes caer si no pisas en firme. Y no sé si debo continuar, y asumir el riesgo de caer en sensiblerías y dramatizaciones, o detenerme hasta que la ropa se seque, y así poder después recogerla en perfecto estado.

Como en casi todo, en la escritura no hay pautas que te puedan guiar a través del sendero correcto. Podemos acariciar los consejos de los que ya dudaron antes: como los ya famosos consejos de Bolaño,  Carver, Heminway o Chéjov; pero no por ello tendremos el camino más iluminado, más claro, más accesible.

Y ahora, cuando mi anciana abuela me pregunta qué estoy tramando frente a la pantalla del ordenador, le arrugo la nariz y le digo eso de que hay ropa tendida.

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