Relato

TODAS LAS NIÑAS

La niña estaba con el torso apoyado sobre uno de los inmensos congeladores, tratando de alcanzar una caja. Sus pies se balanceaban suspendidos en el aire. Llevaba un vestido de varios colores, uno de esos de niña. La tela se arrugaba alrededor de su cintura, dejando al descubierto unas piernecillas inquietas que buscaban el equilibrio preciso para no caer. Fue entonces cuando una mujer le alcanzó lo que buscaba y la niña desapareció.

No volví a verla hasta una hora más tarde.

Resultaba difícil respirar allí. El olor a disolvente en el aparcamiento del supermercado se mezclaba con el de los motores viejos. La mitad de los fluorescentes no funcionaban; la otra mitad lo hacía con un parpadeo molesto a los ojos. De no ser porque tropecé con su mochila no la hubiese visto. Sentada en el suelo, la niña lamía un trozo de hielo amarillo.

‒Mi coche también es de limón‒ le dije‒. Está justo ahí, ¿lo ves? Es el tercero. Detrás de la columna‒señalé con el dedo.

La niña se concentraba en el helado. Parecía tomar plena consciencia de los movimientos aleatorios que su lengua realizaba sobre aquel trozo de hielo. No dirigió la mirada hacia donde le había indicado. Se limitó a encogerse de hombros.

‒ ¿Vas a comértelos todos? ‒ señalé la caja que había junto a su mochila y que contenía otros cinco helados idénticos.

Encogió de nuevo sus hombros, esta vez con los ojos cerrados, y chasqueó la lengua.

‒Yo tengo una hija. Una niña igual que tú. También come helados, pero sólo los de fresa. Una lástima, ¿no crees?

‒ ¿Cuántos años tiene? ‒ la niña apartó su lengua del helado un instante.

‒ ¿Mi hija? ‒ La niña empujó con el pie la caja de helados y la dejó junto a mis zapatos‒. Quince. Tiene quince‒ respondí mientras retiraba el envoltorio a uno de ellos. Sostuve el helado en la boca y regresé la caja junto a la mochila de nuevo.

‒Entonces no es como yo. Si tiene quince años, no es como yo.

‒Supongo que tienes razón. Quizá ella es más alta. Pero es como tú. Como todas las niñas, ¿no?

Un guardia de seguridad obeso pasó frente a nosotros haciendo un ruido gutural al respirar. Miró la caja de helados que había en el suelo y desapareció entre los coches.

‒Te pondrán las esposas. Si sigues aquí, conmigo, te pondrán unas esposas de esas como las que lleva ese vigilante‒ la niña señaló con la barbilla al guardia.

‒No pueden esposarme por comer un helado con una amiga.

‒Yo no soy tu amiga. Sólo he dejado que comas uno de mis helados.

‒Tienes razón. Soy Mario‒ tendí la mano a la niña. Ella la estrechó con el extremo frío y pegajoso de sus dedos‒. ¿Lo ves? Ya somos amigos.

‒No. Sólo me has dicho tu nombre y te has comido uno de mis helados.

‒Entonces tengo razón.

‒ ¿En qué? ‒ por primera vez, la niña me miró.

La niña sacó el palo vacío de su boca y lo troceó con las manos. Lanzó las astillas contra la puerta de uno de los coches que pasaban y metió la caja de helados  su mochila.

‒Eres como las otras niñas.

 

 

Relato finalista en Zenda libros. Historias de hombres (y algunas mujeres).

1 comentario en “TODAS LAS NIÑAS”

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