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NO ES QUE NO QUIERA

No es que no quiera, es que no quiero querer, cantaba Joaquín Sabina. Y bien podría tratarse de un decreto imperante en nuestra sociedad actual. Ser conscientes y, a pesar de ello, actuar beligerantes.

Alguien que jamás ha mostrado sentimiento alguno por tal o cual bandera y, aún así, obra el esfuerzo de ir hasta un bazar barato, comprar una y tenderla en su balcón. Y mostrarla ondenate hasta que su vecino repare en ella.

Alguien que detesta el brócoli, ahora se lo cocina a sus indulgentes hijos. Porque tal mamá se lo da a diario a los suyos para cenar. Sea pues, ¡brócoli!

Alguien que celebrará, en unos días, san Valentín para que sus cuñados vean la foto del regalo (que deberá pagar a plazos) en la red social de turno.

Alguien que ve la película Roma, entre cabeceos y bostezos, para poder entrar en la conversación a la hora del café el día siguiente.

En la vida, para bien y para mal, sobre todo para mal, nos topamos a diario con esos no quiero querer que decía Sabina. Yo no quiero querer banderas porque sí o porque no, yo no quiero querer brócoli porque aquel, yo no quiero querer en san Valentín porque los otros, yo no quiero querer ver Roma para así.

En ocasiones, nos comportamos como estúpidos maniquíes; simplones y apesadumbrados cuerpos inertes que adoptan una inverosímil postura porque eso es lo que esperan de ellos. Son maniquíes. Y deben dejarse ver como tales.

No es que no quiera que les gusten o les disgusten mis palabras, queridos, es que no quiero querer.

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