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EL NERVIO ÓPTICO Y LOS BOTIQUINES AJENOS

Dice María Gainza en su libro, el Nervio óptico, que husmear en la biblioteca particular o el botiquín de un baño ajeno es una absoluta indiscreción, pero es un hecho que no puede evitar, ya que ambos lugares ofrecen una información clave sobre su dueño.

Soy consciente de las palabras de Gainza y por ello me horroriza la idea de prestar un libro˗ la posibilidad de que hurguen en mi botiquín no me resulta tan obscena. Y es que manejo mis libros de una forma tan íntima que sentiría un pudor exagerado˗ y unos celos terribles también, porqué no decirlo˗ si otra persona husmease entre sus páginas.

Los libros que leo˗ huelga decir que hay muchos que simplemente ojeo y cuyas páginas pasan entre mis dedos sin pena ni gloria˗ contienen una información infinita sobre mi persona. Están subrayados, repletos de páginas dobladas a las que acudo una y otra vez, con esferas que acogen palabras que me han estrujado el corazón y ahora me pertenecen.

La lectura me resulta un acto de tal intimidad que me resulta inviable poder compartirlo con nadie más que conmigo.

Dice Gainza-que por cierto, es crítica de arte-, en la página 124:

¿No son todas las buenas obras pequeños espejos? ¿Acaso una buena obra no transforma la pregunta «qué está pasando» en «qué me está pasando»?

Hace apenas unas hora he terminado la lectura de Nervio óptico. Ahora, el libro, a parte de líneas torcidas bajo grandes frases, de palabras burbujeadas en una circunferencia inacabada y páginas mal dobladas, tiene los márgenes ahogados con mis propias palabras, con mis vísceras apuntaladas en esos pequeños y delicados espacios en blanco.

El libro es de una exquisitez suprema, no apta para ávidos buscadores de tramas suculentas, pero una verdadera delicia para los que se deleitan con la buena escritura.

¡Pero por favor! Disculpen mi proverbial descuido. El libro trata de miradas sobre cuadros (Greco, Rousseau, Schiavoni, Courbet, Cézanne). Sobre cuadros y los artistas que los pintaron. No tengo claro que se trate de una novela, tampoco de un conjunto de relatos, tampoco he podido leer la obra como un ensayo. Son once capítulos, once incursiones furtivas en la historia de la pintura, once incursiones íntimas de la narradora cuando las ha contemplado.

P.D. Como bien han podido adivinar no voy a prestarles mi ejemplar, pero traten de conseguir uno, su lectura les nutrirá el alma y de paso aprenderán de la buena escritura y del buen arte de Gainza.

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