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DE PADRES, HIJOS Y ERRORES NO COMETIDOS

No acostumbro a dedicar mi tiempo al televisor, y supongo que es por ello que, durante estas fiestas, más de uno se ha echado las manos a la cabeza cuando pregunté quién era esa tal Rosalía de la que hablaban o qué era el Fornite.

Pero la otra tarde, exhausta, me tumbé en el sofá y‒ tras tomar consciencia de la necesidad de leer hasta tres veces la misma frase antes de comprenderla‒ decidí cerrar el libro y encender el televisor. No me molesté en cambiar de canal, mi intención no era otra que adormilarme con el murmullo de fondo, pero estaban emitiendo un documental que consiguió que saliese del duermevela en el que me hallaba.

Se trataba de un reportaje en el que se realizaba la misma entrevista a diferentes personas a lo largo de sus vidas; de modo que, las mismas personas, respondían, a las mismas preguntas, con 10, 20, 30 y 40 años.

¿Qué harías con 100.000 pesetas? Preguntaba el periodista; la respuesta en una misma persona variaba en función de la edad en la que se encontraba: con 10, comprar una guitarra eléctrica; con 20, invitar a los colegas; con 30, pagar la letra del coche; con 40 pagar un recibo de la hipoteca.

La pregunta que más juego dio, sin duda alguna, fue cuando les interpelaron acerca de la relación que mantenían con sus padres. Las distintas respuestas de uno de ellos, de Mario, me conmovieron especialmente.

Trataré de reproduciros la secuencia.

En la pantalla se encuentra el Mario de 10 años.

¿Cómo es la relación con tus padres? Pregunta el periodista.

Mario no vacila ni un instante. Mala, responde el niño.

Mario se lleva el dedo índice al lóbulo derecho. Quiero un pendiente, pero mi padre dice que eso es cosa de niñas‒ aclara Mario consternado por la desnudez de su oreja.

 

Enseguida aparece en la pantalla Mario de nuevo, esta vez, con 20 años.

¿Cómo es la relación con tus padres?

Mario se aparta ahora un par de rastas de la cara y deja entrever el buen puñado de pendientes que cuelgan de su oreja. Yo de la familia paso, les ofende cualquier comentario que haga. Si no les doy la razón tengo que soportar sus caras largas durante días, dice el joven.

 

La pantalla nos muestra seguidamente a Mario con 30 años, sin rastas, con sólo un pendiente y algo ojeroso.

¿Cómo es la relación con tus padres?

Inamovible, responde. Llevamos quince años manteniendo la misma conversación. Ellos se quejan de mi manera de vestir, les irrita que no termine de encajar en ningún trabajo o que les señale las actitudes que me molestan. No les gusta la manera en la que estoy educando a mis hijos ni el lugar dónde veraneo. La conversación se repite una y otra vez. Yo me defiendo‒afirma Mario‒, pero son padres, y no aceptan que un hijo actúe diferente de como actuaron ellos. Es una batalla perdida, supongo.

Mario se encoge de hombros y la pantalla se funde nuevamente en negro para dar paso al Mario actual, al Mario de 40 años.

 

La mirada de Mario está ya arrugada, ahora es un hombre de pelo corto y cano que se rasca la barbilla como si de un tic se tratase.

¿Cómo es la relación con tus padres, Mario?

Mario no mira a cámara. Mi madre parece que ahora me escucha-dice-, mi padre falleció hace poco más de dos años. Mario se lleva dos dedos al pendiente y prosigue: Murió sin llegar a comprender nunca mi vestimenta y se rió y reprobó la forma en que he educado a mis hijos hasta el mismo día de su infarto… Supongo que no fue capaz de asumir que yo no era él, no supo asumir el hecho de que yo actuase diferente, nunca llegó a comprender que diferente no significa peor.

 

La pantalla se vuelve negra de nuevo y un anuncio cualquiera pone fin al programa. Yo apago el televisor y pienso en Mario. Pienso en Mario y en su padre, y pienso en todos los hijos y hijas y en todos los padres y madres del mundo.

Constantemente leemos, hablamos y escribimos sobre la proeza que significa ser padres, esa ardua tarea que dignifica al ser humano. Enaltecemos la colosal batalla de los padres y madres que luchan por sus hijos durante toda una vida.

¡Qué duro es criar un hijo!, escuchamos en el supermercado, en las series de televisión o en la sala de espera del dentista, pero ¿y ser hijo?, ¿no es acaso tan o más duro ser hijo?

Dicen que la mejor obra de Gabriel García Márquez es la historia de los Buendía, en ella, Gabo relata las aventuras y desventuras de cuatro generaciones de una misma familia. Márquez la tituló Cien años de soledad, y le mereció el Nobel en 1982. No deja de ser curioso que el genial escritor utilizase la palabra soledad para titular la obra que dedicó a una de las relaciones humanas más complicadas que existen, la relación entre padres e hijos.

Y pienso en la soledad que Mario ha debido de sentir‒ no a los 40 cuando su padre ya no está‒, sino a la soledad que sintió a los 10, a los 20 o a los 30. A la soledad del hombro vacío, donde nunca reposó la mano de su padre; a la soledad frente al espejo cuando Mario se vestía con la ropa que su padre ridiculizaba; a la soledad de sus entrañas, porque su padre jamás le dijo en lo buen padre en que Mario se había convertido.

No se si, como dice Mario en el documental, las conversaciones entre padres e hijos duran quince años, ni si Mario vestía o no correctamente (en realidad, poco importan las telas que nos cubren); no sé si Mario educaba a sus hijos correctamente o no (en la educación, como en todo en esta vida, lo único que al final cuenta es hacerlo con amor), pero sí sé el peso que el padre dejó sobre los hombros del hijo, sobre los hombros de Mario.

Y estoy segura de que si ese padre, dos días antes de su fatal infarto, hubiese sabido el lastre perpetuo con el que cargaría su hijo por el resto de sus días, hubiese puesto la mano sobre su hombro y le hubiese dicho que ese pendiente, a fin de cuentas, nunca fue un error.  

Y es que, ¿qué mejor cosa podemos ofrecer a un hijo?, si no el alivio de su propia existencia.

P.D. Aunque dicen que Cien años de soledad es la mejor obra de García Márquez, personalmente, prefiero la genial historia que escribió en Crónica de una muerte anunciada.

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