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DICIEMBRE SIEMPRE LLEGA

Querido A.,

Diciembre llegó de nuevo y, en contraprestación a la ingente cantidad de vídeos con duendecillos feuchos, de felicitaciones en forma de hagstags y de impersonales emoticonos navideños, voy a escribirte una carta. A ti.

Dijo Amélie Nothomb que la carta se dirige a un lector más que ningún otro escrito.

Y es cierto, ¿no crees?, a fin de cuentas, cuando uno escribe, lo hace para todos y para nadie en particular, pero cuando lo que se escribe es una carta, las palabras toman plena conciencia del destinatario, y el texto se forma con la delicadeza y la exclusividad de una huella dactilar.

Hoy, son únicamente tuyas estas palabras.

Leí -en algún sitio que ahora no recuerdo- que cuando escribes a mano utilizas una mayor superficie cerebral que cuando lo haces con un teclado y que, por ende, se escriben siempre cosas mejores.

No tengo la menor idea de qué sucede con el cerebro cuando, para escribir, lo que utilizas es una máquina. Sí, una de esas cuyas varillas se mueven y golpean el papel hasta llenarlo de letras. Pero cuando escribes a máquina, la disposición de las teclas no deja de ser la misma que en un teclado convencional y, a su vez, la impresión  de las palabras es también inminente, como cuando se escribe a mano sobre el papel. De modo que la experiencia es única y singular. Tan similar pero tan diferente a las otras dos.

A máquina, escribes mirando la hoja, que dota de forma física y palpable las ideas que le preceden.

A máquina, no puedes borrar palabras sin dejar constancia de ello; una huella borrosa te recordará por siempre el error cometido.

A máquina, los dedos se vuelven lentos y pesados.

A máquina, cuando finalizas un folio, debes detener tu escritura unos instantes, extraerlo y dejarlo reposar sobre la mesa; mientras introduces uno nuevo, que te permita seguir escribiendo.

El ritual está servido.

No suelo hacer balance de los años que dejamos atrás ni propósitos para los venideros, pero claro eso tú ya lo sabes. Y  no lo hago porque, a fin de cuentas, diciembre siempre acaba llegando de nuevo y tendríamos que rendir cuentas, y sabes mejor que nadie que mi libre albedrío me lo impide.

Pero en este diciembre me encuentro algo sensiblera, pues escribo este texto con una peculiar musa llamada Olympia‒ en efecto, como la diosa ‒, de un bello color anaranjado y cuyas teclas hacen un ruido de lo más romántico cuando dejan caer las palabras que le ordeno sobre el papel.

Y lo hago gracias a ti, querido A., ¿a quién si no se le hubiese ocurrido semejante idea?¿Una máquina de escribir? Habiendo tabletas, móviles, pantallas chiripitiflauticas, hologramas y qué se yo cuantas otras cosas fascinantes… vas tú y me traes a Olympia.

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En 2019, simplemente, aceptaré la gran aventura de ser yo misma, que diría Simone de Beauvoir, que no es poco, querido A. Y lo haré junto a una diosa que golpea a conciencia cada una de las letras que le dicto y  cuyas palabras tienen y tendrán siempre su razón en un diciembre que siempre regresa.

Siempre, en ti.

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