Artículo

EL MIEDO

Una mano helada, de piel áspera y viscosa, se desliza bajo mis sábanas. Lentamente.

Noto el temblor de la tela bajo la que me escondo, y que me protege de la nada. Siento el frío acercarse, lo percibo antes de que los dedos lleguen si quiera a rozarme. Está ahí.

La mano agarra con fuerza uno de mis pies. Mi tobillo, rígido, se afana tenaz en la lucha. La  viscosidad de la mano hace que me estremezca. Trato de encontrar en mi garganta un aullido, quiero gritar, pero la voz se ha esfumado, me deja sola de nuevo. No tengo armas contra ese gélido monstruo. La mano tira de mí con violencia, me arrastra hacia su oscuridad. Nada más puedo hacer.

Ocurría a diario, tras las buenas noches, la luz desaparecía, la oscuridad se prolongaba, no sólo a lo largo de la habitación, sino también dentro de mí. La mano me acechaba durante horas, esperando que cediese el sueño al fin, para entonces tirar de mí sin piedad.

Yo la esperaba hecha un ovillo arropada con brusquedad bajo las sábanas. Sólo encontraba alivio en el futuro. Crecer, hacerme al fin mayor. Dejar de temer a esa oscuridad que atraía la violencia de una mano lúgubre.

Y me hice mayor, o eso creo. Y la mano viscosa desapareció de la oscuridad, como bien predijo la niña que fui, pero no el miedo, ese mal persistente sigue acechándome cada noche. Nuevos terrores han llegado.

Raymond Carver escribió un poema formidable en el que hablaba sobre el miedo, el verdadero miedo que nos envenena… Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche, decía uno de sus versos. Y no hace mucho ocurrió. El teléfono sonó en mitad del silencio nocturno y la mano, durante unos segundos, resurgió nuevamente de entre mis pies. La voz que llamó difundió el dolor a través del teléfono.

Y ya ven. No hay sábana capaz de protegernos de ese sentimiento angustioso cuando apagamos la luz, incluso cuando la tenemos encendida o cuando el sol nos deslumbra.

Mis miedos mueren y resurgen de nuevo una y otra vez, pero ya no deseo crecer para que desaparezcan, son parte de la humanidad que albergo. Mis miedos son una proprolongación más de mi piel. Ahí están, al acecho.

 

Miedo a no poder darles suficiente a mis hijos.

Miedo a darles demasiado.

Miedo a que él deje de creer en mí, miedo a ser yo la que deje de creer en él.

Miedo a viajar en un vagón repleto de gente.

Miedo a un vagón con un único pasajero.

Miedo a perder el tiempo.

Miedo a no tener tiempo que perder.

Miedo a los años que pasan y miedo a los que todavía no lo han hecho.

Miedo a que mi escritura me devore y miedo a que no lo haga.

Miedo a tener miedo.

Miedo a dejar de tenerlo, sobre todo eso.