Artículo

UN OTOÑO CUALQUIERA

Esta mañana, mientras ojeaba las portadas de los diarios en el quiosco, presté atención a la conversación que, frente a mí, clienta y quiosquera mantenían. Era algo así:

Desde luego, qué poca consideración este otoño. Tanta lluvia, tanta nube, tanto frío…— la anciana friega con las manos sus brazos y remueve sus carnes en un exagerado temblor.

-Pero María, si anduviste todo el agosto venerando el invierno— responde la quiosquera.

-¿Y quién no? El calor de Barcelona es insufrible. El problema es que nos han quitado lo mejor del año, la primavera. Ahí sí se vive bien, una eterna primavera necesito yo.

-¿No te daba alergia?

-Sí, sí. Una alergia terrible. Por eso prefiero el otoño. Toma, cóbrate—. La anciana entrega un billete de cinco euros a la quiosquera.

-Hasta mañana.

La anciana pone el diario bajo el brazo y echa a andar calle arriba. Yo cojo el Periódico, escojo la publicación en función del columnista que escriba ese día. Y le entrego la moneda de dos euros a la quiosquera.

-Hace un frío de miedo, hoy. Y eso que todavía no ha llegado el invierno. Verás en dos semanas. Deseandito que llegue agosto estaremos— me dice la quiosquera.

Yo le sonrío, meto el periódico en el bolso y echo a andar calle arriba también.

Y pienso en lo importante que es conversar sobre el clima para nuestra sociabilidad.

Nos agarramos a la meteorología para tapar el silencio incómodo del ascensor ante cualquier vecino… menudo viento sopla hoy… decimos mirando al suelo.

En la puerta del colegio mientras esperas que salgan los pequeños… creo que hoy lo abrigué demasiado, quien hubiera dicho esta mañana que terminaría asomando semejante sol.

Cuando telefoneas a alguien porque sabes que hace mucho que no lo haces, aunque no tengáis nada que deciros… Y dime, ¿qué tal el tiempo por ahí? Aquí llevamos ya varios días de un calor sofocante.

Cuando, un otoño cualquiera, tienes ochenta años y estás sola, muy sola. Y necesitas conversar con alguien. Y bajas a la calle, aún a riesgo de coger una neumonía, porque el aire helado te calará en el pecho. Y compras un periódico que no leerás, pero sabes que la quiosquera te sonreirá y asentirá amablemente mientras le dices que el otoño te está matando, aunque en realidad, sea el silencio de tu salón el que lo esté haciendo.

 

Por cierto, no se pierdan el artículo de hoy de Espinàs sobre la escritura, hace un frío ideal para leerlo.

quiosco