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MAMÁ, DE MAYOR QUIERO SER…

Mamá, de mayor quiero ser columnista.

Sí, quiero acercarme cada semana al quiosco y comprar al menos una docena de ejemplares de cualquier periódico (de los que no publican aberraciones ortográficas entre sus titulares, a ser posible) y ver una minúscula fotografía mía —en la que, de buen seguro, saldré con los labios tensos y la cabeza ladeada— junto a una de las columnas de cualquiera de sus páginas.

Mamá, sé qué me dirás (ya puedo ver cómo frunces el ceño y juntas tus cejas sobre la nariz). Me dirás que, una vez, también quise ser actriz y nadadora profesional de natación sincronizada— por eso de los bañadores repletos de purpurina inmune al agua— y dependienta del Corte Inglés, incluso óptica. Me dirás que también quise ser cantante, aunque desistí enseguida, tan pronto como escuché los gritos de la madre de mi amiga, cuando le llegó la factura de teléfono con una llamada de mil pesetas al número de Lluvia de Estrellas.

Comenzaste ya a relajar el gesto cuando te dije que quería ser maestra o periodista. Al final, terminé en la facultad de Derecho canturreando artículos constitucionales sin escenario ni Bertín Osborne que me presentara y especializándome en algo tan poco glamuroso— y sin ápice de purpurina que lo haga brillar bajo el agua— como el Derecho Administrativo.

Tras unos años en un bufete divorciando a antiguos amantes, mediando entre herederos despiadados, lidiando con conductores borrachos y redactado demandas sobre despidos dramáticos, pasé a engrosar la plantilla de un Gigante Financiero frente al cual Mordor no sería más que un agradable spa para jubilados.

Y aquí estoy ahora, mamá, como cuando tenía nueve años y me temblaba la mano porque creía que sería Bertín quien descolgaría el teléfono al otro lado; con el sabor del agua salada en el estómago mientras trataba de hacer imposibles piruetas en la playa de Salou cual Gemma Mengual al uso; o dibujando gafas en el reverso de las facturas que maldecías cuando asomaban por el buzón.

Aquí estoy, mamá, lidiando con la vida, sin cantar, sin diseñar gafas ni vestir purpurina bajo el agua; pagando recibos de hipoteca y comprando apiretal a toneladas. Y no sé si ya soy demasiado mayor para creer en segundas, terceras o séptimas oportunidades, pero es que ahora sí que sí sé lo que quiero ser de mayor.

Aunque bien pensado, mamá, porqué no iba yo a andar de nuevo en estas tesituras de futuro incierto, ¿verdad? Si hasta el mismísimo James Salter respondió en una entrevista,un año antes de su muerte: tengo 88 años y estoy listo para empezar de nuevo.

Así que, por el momento, teclearé lo que los horarios y honorarios me permitan y, quien sabe, quizá a los 88 años me acerque a un quiosco cualquiera y encuentre una columna junto a la cual aparece una fotografía cuya cabeza ladeada y rostro arrugado sonría recordando aquello de Mamá, de mayor quiero ser…

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*para los que no tienen niños pequeños en casa, Apiretal es la marca comercial del paracetamol infantil con sabor a fresa.