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DE SILLAS INCÓMODAS Y AVIONES FUGACES

En ocasiones, cuando al final del día la vida me pesa sobre los hombros y me quema bajo la nuca— porque a veces la vida es una tarea tosca y difícil de sobrellevar— salgo a mi pequeño balcón y me dejo caer en una silla incómoda.

Y miro al cielo.

Oscuro. Cambiante. Infinito.

Hay veces que, a esa hora, el cielo todavía conserva los tonos violetas y anaranjados de la frontera que separa el día de la noche; el límite entre lo que ha sido y lo que será.

Yo dejo caer la cabeza hacia atrás y observo atenta esa gran nada que reposa sobre mí. Pero no siempre se ven las estrellas—porque, aunque sé que están, la luz de Barcelona las esconde—, así que no puedo más que seguir con la mirada los aviones que pasan asiduamente sobre mi trozo de cielo. Esas lucecillas rojas y verdes que brillan sobre mí y que juegan a ser verdaderas estrellas fugaces.

Y pienso, entonces, en la gente que a esas horas va ahí subida, entre nubes cambiantes y estrellas desenfocadas, y pienso en si están donde verdaderamente les corresponde. Pienso en los abrazos de buenas noches que no están sintiendo. Pienso si ya habrán cenado o en si han llegado tarde a algún sitio. Pienso si van o vienen. En si buscan o huyen.

Hace unos años conocí a una azafata de vuelo que me dijo que prefería viajar de noche: trabajaba más tranquila pues la mitad del pasaje duerme y los que no, lo intentan, guardando un solidario silencio. Y luego están unos pocos nostálgicos, los que miran hacia abajo y observan las luces de esas ciudades que, desde la ventanilla de su avión, parecen diminutas.

Y desde el cielo se preguntan por esas luces encendidas, por las personas a las que iluminan. Se remueven en sus estrechos asientos y piensan en los abrazos de antes de irse a dormir que estarán dando. Piensan en si estarán acabando de cenar o todavía no habrán llegado a sus casas. Piensan en si les pesará la vida, como a ellos, o en si están donde les corresponde y no en cualquier otro lugar.

Piensan en si alguien ahí abajo estará siguiendo con la mirada la luz verde y roja de ese avión que los lleva o los devuelve a cualquier parte.

Piensan en si al ver el avión pedirán un deseo, jugando a que esa luz verde y roja es el rastro de una estrella fugaz capaz de concederles algo mágico, pues son incapaces de encontrar, en medio de la noche, una estrella que observar.mujer avion