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DE CONSEJOS DESCAFEINADOS Y LIBROS SIN RECETA

El otro día vino una amiga a casa. Hacía tiempo que no nos veíamos —demasiado tiempo, que dirían los devotos de la amistad pegajosa—, pero ya se sabe cómo van estas cosas… hoy no puedo, mañana no puedes, pasado no podremos.

 

Al fin, una tarde cualquiera, frente a la mesa de mi sofá reposaban dos coca colas. Una, la mía; por supuesto descafeinada, no vaya a darme por vivir más al límite de lo soportable; la otra, la de mi amiga, con azúcar, cafeína, hielo y medio limón exprimido.

 

Mi amiga se hundió entre cojines y me dijo que estaba jodida. Me explicó que esto no había salido como esperaba, que aquello otro terminaría derrotándola sin remedio y que lo de más allá había resultado ser un fraude absoluto.

 

Yo apreté a conciencia los labios, por miedo a que escapasen de entre ellos lecciones arrogantes, porque si algo detesto son los consejos, más aún los consejos no pedidos. Así que me tragué un tranquila amiga, un todo se arreglará y un yo en tu lugar… Me lo tragué porque, entre otras cosas, no soy dada a la mentira.

 

Mi amiga, que me conoce hace demasiados años, demasiadas penas y demasiadas alegrías. Esperó a que apurase el trago de coca cola descafeinada y ladease la cabeza. Aguardó, a consciencia, mi silencio. Entonces me levanté del sofá y la dejé allí un instante, hundida entre mis cojines, sola con sus fatalidades.

Regresé con tres libros entre las manos. Y mi amiga me lanzó media sonrisa sarcástica. No, amiga. No tengo remedio, pero es que estoy convencida de que, además, tengo razón. Y si algo te puedo ofrecer con acierto son esos tres libros, querida mía.

 

Le reseñé con ímpetu los tres libros con cuyas páginas ella empezaba a juguetear. Me escuchaba mientras miraba las portadas, acariciaba los lomos e incluso hundía la nariz en uno de ellos.

 

Ya lo dijo E. Pacheco «no leemos a otros, nos leemos en ellos».

 

Y es cierto, ¿no creen? Uno lee una historia y la hace suya, y ve sus propias penas en la piel del personaje y descubre en esas páginas las miserias que le rodean y, entonces, las ve claras. Y la claridad se la ofrece esa obra que le presenta una realidad que no parece tan extraña y lejana, porque la hemos leído, la estamos leyendo.

 

Y es que la lectura es un acto autobiográfico. Uno se implica en una lectura en tanto en cuanto se sienta reflejado en los fantasmas y en las guerras que el personaje lleva a cabo. Todos queremos que los libros que leemos hablen de nosotros. Queremos que sus historias arrojen claridad a la nuestra. Y la claridad es la única forma de luz capaz de mostrar el camino.

 

Para que mi amiga comprendiera que lo que le ocurría le había pasado antes a otros, le di Ordesa (Manuel Vilas).

 

Para que su mente se embriagase de la miseria y la grandeza del ser humano, y así su dolor quedase algo reconfortado, le di El amor molesto (Elena Ferrante).

 

Para que su estómago se evadiese un rato y se nutriese de humor inteligente y palabras elegantes, le di Correo literario (Wislawa Szymborska).

 

Mi amiga guardó los libros en su bolso y terminamos las coca colas. Un par de abrazos melancólicos y la promesa (que ambas sabemos que no cumpliremos) de vernos más a menudo fueron nuestra despedida ante las dos latas ya vacías.

 

Ya ven, a falta de consejos insolentes y verdades mediocres, presten ustedes libros, a ser posible, buenos libros, no necesitarán receta.

ORDESA

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