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BARCELONA, A VECES.

Barcelona no es una ciudad fácil. Barcelona es contradicción, extremos. Barcelona es una ciudad de todos, pero es tierra de nadie.

En Barcelona irrumpe la nieve cada cinco inviernos y la mortifican tres olas de salvaje calor  cada verano.

En Barcelona uno puede perderse, pero también puede encontrarse.

Barcelona cambia a cada parpadeo, a cada paso de turista, a cada trago de café aguado.

Cuanto más la conoces, más la amas y más la odias.

Porque Barcelona es así. Despierta un sentimiento contradictorio, cuando estás en ella quieres irte lejos, perderla de vista, olvidar sus olores y sus gentes, despegar sus calles de tus pies. Pero cuando estás lejos de ella— y por maravillosas que sean las demás: llámese París, llámese Londres o Madrid— la echas de menos en cada esquina de ese otro lugar lejano al que has escapado.

 

Barcelona es una hermosa grieta que quiebra la montaña para abrirse al Mediterráneo, alejada del resto del mundo y limitada, a su vez, por ese mar que tanto ama.

Barcelona no deja que las estrellas brillen más que ella misma; tiene demasiada luz y, a veces, ciega los ojos de los que la vivimos. Y quisiéramos algo más de oscuridad, pero no sabríamos después guiarnos a tientas.

Soy de Barcelona, pero camino por ella cual extranjera corriente.

En Barcelona no cabe ya más contradicción.

Cantó Giulia y los Tellarini  que «porqué tanto perderse tanto buscarse, sin encontrarse. Me encierran los muros de todas partes, Barcelona.  Te estás equivocando, no puedes seguir inventando. Porque es tan fuerte que solo podré vivirte en la distancia y escribirte una canción… Barcelona».

He huido de Barcelona en más de una ocasión.

Hace unos años fui a vivir lejos de ella. Me instalé en el pueblo perfecto; rodeado de campos naranjas; con calles dichosas por las que pasear entre gente cercana que regalaba los buenos días; con una plaza cuyo epicentro era un café literario que me hizo las veces de hogar los domingos y con una estación donde subía a un tren y viajaba.  Viajaba sobre aquellos raíles tres horas cada día. Tres interminables horas dedicaba a alejarme y acercarme de nuevo a ella, a esa Barcelona que te susurra un ven y te ahuyenta con un vete, para luego regresar, de nuevo, al meloso susurro.

Porque de Barcelona, por más que se intente, uno no escapa nunca.

Así que, con la cabeza baja y el orgullo tocado, no pude más que regresar a ella, a la Barcelona de la que había huido, de la que seguiré huyendo, aunque sepa que, como siempre, terminaré volviendo.

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