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UNA DE CUENTOS, POR FAVOR.

Hoy, en un gesto de imperiosa generosidad, voy a compartir con ustedes un menú literario de primera categoría.

Se compone de tres cuentos.

Permítanme un apunte sobre la palabra cuento. Normalmente, asociamos el cuento a la infancia, pero la palabra cuento no es exclusiva del género infantil. Cuando nos referimos al lector adulto, solemos nombrar estas historias como relatos, sobretodo aquellos que no están familiarizados con el género. Personalmente prefiero la palabra cuento, y desde aquí la reivindico.

CUENTO.

Dicho esto, hoy les recomiendo tres historias donde los niños, en efecto, son protagonistas.

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Para abrir el apetito les invito a degustar el cuento titulado “Un hombre sin suerte” de Samanta Schewblin.

Esta autora- de apellido imposible- es considerada una de las grandes faraonas del cuento hispano actual. El cuento en concreto, forma parte del libro (publicado por Páginas de Espuma) Siete casas vacías, con el cual la autora se alzó con el prestigioso premio Ribera del Duero.

«El día que cumplí ocho años, mi hermana -que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo- se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, tal vez por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi, se puso tan blanca como ella».

Schweblin tiene un talento excepcional en el manejo de la tensión y en este cuento lo hace de forma magistral. Si la idea de una niña de tres años bebiendo lejía les impresiona, esperen a seguir leyendo. En las siguientes líneas nos olvidaremos por completo de esa niña y de su minúsculo cuerpo intoxicado, para adentrarnos en un estadio moral de absoluta extrañeza que solo la galardonada autora sabe narrar.

Y es que, eso es lo que mejor hace Schweblin, dibujar atmósferas incómodas, que se encuentran en el límite entre lo extraño y lo irreal.

No se la pierdan.

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Si con el primer plato hemos abierto el apetito, con el segundo disfrutaremos del texto, ya sin la ansiedad voraz del estómago vacío, de un cuento de Sara Mesa, otra grande del género corto.

Papá es de goma, pertece al libro “Mala letra”, publicado en 2016 por Anagrama.

Mesa también disfruta de un sillón privilegiado en el palco de los grandes cuentistas contemporáneos.

«Con sus zapatillas de fieltro rosa y el pelo húmedo y desmadejado, la vecina abre la puerta del 3.°A y sale al distribuidor en penumbra. Tiene las mejillas salpicadas de pequeñas manchitas violáceas y las aletas de la nariz inflamadas por la ira».

Esta vecina está obsesionada con los tres niños que viven en el piso de en frente. Y  lo que ocurre en ese piso, que ella trata de husmear, es sobrecogedor. No puedo decirles mucho más. Doce páginas que nos adentran en un universo a ratos inverosímil, a ratos desquiciante.

He leído este relato varias veces y con cada lectura se me revuelven las entrañas. Es un cuento digno de estudio para los que pretendemos acercarnos a la escritura.

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Y en el caso de que no hayan tenido suficiente y necesiten llevar a su estomago a límites patológicos, les traigo postre de la mano de Raymond Carver.

Parece una tontería, del libro Catedral, también de Anagrama, es  una historia dónde unos padres pasan por el peor trance que pueden vivir como tales, que la tragedia se recree sobre el hijo. Y lo peor, que el mundo siga como si tal cosa, que la humanidad no se quiebre ante tal acontecimiento.

«El sábado por la tarde fue a la pastelería del centro comercial. Después de mirar las fotografías de pasteles pegadas en las paginas de una carpeta de anillas, encargó uno de chocolate, el preferido de su hijo. El que escogió estaba adornado con una nave espacial y su plataforma de lanzamiento bajo unas cuantas estrellas blancas, y con un planeta escarchado de color rojo en el otro extremo. El nombre del niño, SCOOTY, iría escrito en letras verdes bajo el planeta».

Con esta escena tan contidiana abre Carver un cuento desgarrador, pero sin caer en el dramatismo que implica que la vida se cebe violentamente con un niño.

Al final de la historia llega uno exhausto y es ahí, precisamente, cuando Carver nos demanda una mayor lucidez.

 

Ya ven, la literatura está repleta de cuentos y niños, aunque esta comunión no implique siempre el mismo resultado.

Disfruten de sus cuentos hasta donde su estómago se lo permita.