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DE OJOS MIOPES Y MUSAS DISTRAÍDAS

Soy miope.

Lo descubrí a los veinte años. Esperaba la llegada del autobús y el amigo que me acompañaba levantó la barbilla apuntando hacia algo lejano…

—¿Qué?— pregunté.

—Increíble…— mi amigo negó con la cabeza mirando hacia aquel lugar.

—¿El qué?

—Aquellos dos. En la ventana— señaló, esta vez, con el brazo.

—¿En qué ventana?

—Allí. En el tercer piso. La cortina roja… ¿no ves lo que hacen?

Al fin intuí, en el edificio que estaba frente a la parada, la ventana de la que me hablaba mi amigo. Intuí un color rojizo alrededor de ella. Intuí dos sombras humanas. Pero no alcanzaba a ver qué ocurría.

La realidad se me nublaba. No tenía acceso a ella. Mis ojos hacían lo lejano, todavía más distante.

Subimos al autobús y estuve tentada de preguntarle a él qué era lo que había visto. Qué era aquello increíble que estaban haciendo aquellas dos sombras. Pero preferí callar. Asumí que mis ojos no llegaban hasta donde llegaban otros. Asumí, aquel día, en aquel autobús, que tendría que comenzar a intuir.

A los pocos meses, cuando los dolores de cabeza eran insoportables y no alcanzaba a leer la pantalla del aula de la facultad, no tuve más opción que enfundarme las gafas.

Nuestro cerebro está programado para acceder a las imágenes nítidas que nos rodean, y donde no llegan los ojos miopes, debe llegar la intución, a veces, incluso va más allá y es la imaginación la que acaba dibujando la realidad.

Sin mis gafas veo entre tinieblas y casi prefiero que sea así, que mis ojos no puedan mostrarme la realidad tal cual es. Que sea mi psique la que acabe perfilando lo que veo. Es más fácil escribir de ese modo ¿No creen?

Así que, cuando las musas andan perezosas y distraídas, no tengo más que retirar las gafas de mi rostro y comenzar a escribir la historia que se esconde tras las sombras de cualquier ventana. Mis ojos me mostrarán el comienzo, mi mente, sin duda, hará el resto.IMG_20180813_112550