Relato

MOTEL

Aquella noche jugamos a ser lo que no éramos. Él no fue el hombre bueno que de costumbre, yo no fui la mujer olvidada de siempre.

Aquella noche no llegamos a nuestras casas, no nos arropamos junto a los que nos esperaban. Porque imaginamos que nadie nos esperaba.

Desde orígenes distintos, y a través de caminos separados, llegamos a aquel Motel una tarde de invierno. Con demasiado frío para continuar nuestro camino y demasiadas horas de esfuerzo para no buscar donde dormir.

Allí donde él nunca

Allí donde yo jamás

Allí donde todo ocurrió.

La bebida nos espesó las palabras y nos enturbió la razón.  Motivos que no encuentran hoy una causa justa. Y un devaneo vital nos empujó el uno contra el otro. Locos. Ciegos. Exhaustos.

Antes de que despertase el día no pudimos más que dar media vuelta; él por su camino; yo por el que creía el mío. Y no nos permitiríamos recordarnos, no nos permitiríamos pensarnos, ni tan si quiera nos permitiríamos, jamás, olvidarnos.

No sucedió.

No sucedió porque es lo que hubiésemos deseado, que nada hubiese ocurrido. Que no hubiesemos encontrado aquel motel, que no nos hubiesemos mirado en el ascensor, que no hubiesen rozado nuestros dedos sobre el tercer botón.

Fuiste L.

Fui M.

Fuimos sólo eso. Dos iniciales que escondían nuestro nombre; un comienzo tras el que sólo cabía el vacío de lo venidero.

Y hoy he pasado de nuevo frente al motel. Es verano y el calor hace que resulte un lugar irreconocible, un lugar donde nunca estuve.

En él ya solo quedan unas letras mal iluminadas, unas habitaciones deshechas por el paso del tiempo y unas sábanas que algún día arroparon y que están cubiertas, hoy, de derrota y olvido.

Y frente a esas letras rojas me esfuerzo por recordar si verdaderamente aquella noche yo… si fue cierto que él… si allí ocurrió lo que nosotros nunca.

M.