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DE PUEBLOS ANHELADOS Y VERANOS INVENCIBLES

 

“En medio del odio descubrí que había, dentro de mí, un amor invencible.

En medio de las lágrimas descubrí que había, dentro de mí, una sonrisa invencible.

En medio del caos descubrí que había, dentro de mí, una calma invencible.

En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible.”

                                  Albert Camus (1953)

 

Invencible o no, hoy comienza el verano y, con él, las vacaciones escolares. De niña me fascinaban sobremanera los compañeros de colegio que, llegadas estas fechas, emigraban al pueblo.

El pueblo sonaba en sus bocas como un acontecimiento mitológico, algo fantástico que llegaba a sus vidas para dotarlas de verdadero sentido. En el pueblo estaban los mejores amigos, en el pueblo acontecían las mejores y más salvajes fiestas patronales, en el pueblo estaba la mejor piscina y, por supuesto, en la plaza mayor del pueblo estaba la mejor heladería.

En el pueblo los niños se emancipaban y los adolescentes, y sus cuerpos, gozaban de libertad. En el pueblo había rincones donde desaparecer y rincones donde ser visto cuando así lo deseabas.

Durante los meses estivales yo perdía mi estatus de mejor amiga. A su regreso, en el mes de septiembre, mi intermitente mejor amiga (concepto cursi donde los haya) me explicaba cuan maravillosa era aquella otra mejor amiga del pueblo, cuantos labios había probado y las horas intempestivas en las que se había bañado en la piscina de aquel pueblo del que jamás supe el nombre.

El pueblo se me presentaba, por aquel entonces, como la mejor época del año a la que yo no tenía acceso.

Porque yo no tenía pueblo.

No tenía un lugar donde ser acogida con mis ganas de verano, no tenía otros amigos que no fuesen los del colegio, ni una piscina en la que comer helados hasta el desmayo. Y, aunque mis padres me llevaron de vacaciones a hoteles, a islas, a montañas, a ciudades- y hoy se lo feliz que fui-… aquellos lugares nunca fueron el pueblo.

-Mamá, yo quiero un pueblo– le dije a mi madre una verbena de San Juan. Mi madre me mandó a jugar con el resto de chiquillos.

Mamá, es que de verdad, de verdad. Yo quiero un pueblo.

Mi madre, que si algo le sobra es sensatez, me puso una bengala en la mano y, mientras yo observaba como aquellas chispas anaranjadas iluminaban su rostro, me dijo que yo ya tenía un pueblo. Me dijo que mi pueblo era ella, ella y mi padre, y mi hermana y mis primos, y todos los que aquella noche de San Juan bailaban alrededor de la hoguera que habíamos improvisado, con una puerta que encontramos en un descampado y algunos libros de texto que los mas osados lanzaban con ganas.

Por supuesto, no entendí a mamá aquel San Juan, y probablemente tampoco los siguientes, y seguí anhelando el pueblo que nunca tuve durante varios veranos más. Hasta que, años más tarde, comprendí que eso que mis amigos de infancia llamaban el pueblo no era más que  llamó Camus verano invencible.

Disfruten de sus pueblos, donde quiera que se encuentren sus veranos invencibles.

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23 comentarios en “DE PUEBLOS ANHELADOS Y VERANOS INVENCIBLES”

  1. Precioso relato, muy bien escrito. Y muy cierto. La gente que “tiene pueblo” lo idealiza y habla continuamente de las maravillas que su mente archivó. Muchas felicidades por tu manera de escribir.

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  2. En mis escritos aparece a menudo mi pueblo. Mi pueblo no tenía piscina, ni heladería, ni tiendas ni nada que se pareciera, solo tenía campo, una carretera casi siempre despierta que nos servía de pista de juegos, tenía vacas y ovejas y un río que, mas bien, era un arroyo de montaña… pero los veranos eran maravillosos, con sus moras, sus endrinas, las avellanas.
    Aunque imagino que lo verdaderamente bello era la infancia y la ilusión por conocer cosas nuevas, en el pueblo o en la ciudad…
    Un abrazo.

    Le gusta a 2 personas

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