Relato

¿HAN LLAMADO LOS CHICOS?

El ascensor no funciona, y no podía ser de otra manera, pues se trata de uno de esos días, piensa María. Uno de esos días en que todo sale mal. Desde que se levantó y discutió con su marido por cualquier cosa que ya no recuerda, el metro que perdió, el mal humor que arrastró toda la mañana su jefa, el plato equivocado que le sirvieron en el bar de menús en el que come cada día, la torcedura de tobillo al bajar las escaleras del supermercado… Y ahora, tendrá que cargar con su cuerpo, casi sexagenario, las siete plantas hasta su piso.

Por unos instantes piensa en sentarse ahí mismo, en uno de esos escalones que se le presentan imposibles, dejar las bolsas de la compra en el suelo y esperar a que el día termine, por fin.  Pero agarra las bolsas y comienza a subir los escalones, esta vez sin contarlos.

Su marido ya no se acuerda de la discusión matutina y le besa la frente cuando ella entra en casa.

Él está preparando uno de esos platos exóticos con toneladas de curry que María no soporta, pero nunca se lo ha dicho. Se quita los tacones y se deja caer en el sofá.

—¿Han llamado los chicos? — pregunta María mientras se masajea el tobillo dolorido.

Los chicos son su hija y su hijo, y los dos han cumplido ya los treinta, pero ella no sabe referirse a ellos de otra forma. Los chicos.

No. Los chicos no han llamado, como tampoco llamaron ayer ni anteayer. Y María no quiere llamar de nuevo, sabe lo mucho que le molestaban las llamadas diarias de su madre preguntando por sus hijos cuando eran pequeños. Y ahora siente cuántas conversaciones desaprovechó con ella.  Si ahora pudiese llamar, si ahora pudiese contarte… mamá, piensa María, pero su madre murió hace ya dos años, y de nada sirve ya lamentarse.

Su marido trastea en la cocina y ella le repite la pregunta… ¿Han llamado? Él asoma la cabeza y le sonríe. La observa. La ve frágil, a veces cree que un día se le romperá entre los brazos, que esa pequeña mujer, a la que ha aprendido a amar con los años ,se hará pedazos. Pedazos que él no será capaz ya de recomponer.

Él sabe que María ha tenido un mal día, lo sabe porque lleva con ella casi cuarenta años. Y no podría no saberlo. Se seca las manos en el delantal del mundial del 82′ y se sienta junto a ella en el sofá.

Él le miente. Le ha mentido siempre, igual que lo hace ella. Se mienten. La mentira es necesaria para sobrevivir. Se mienten para poder seguir queriéndose.

Él, entonces, pasa su enorme brazo por los delgados hombros de María y hunde la nariz en su cabello.

-Los chicos han llamado, todo está bien.

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